ya

Ya
Pasó un relámpago que duró un segundo. Sirvió este segundo para olvidar para siempre lo ocurrido: miles de muertos, edificios arrasados, lluvia de fósforo blanco, semanas de hambre y frío bajo el constante y ensordecedor retumbar de las bombas acústicas que convertían en añicos las esperanzas de vidrio. Asomado a la ventana de su apartamento trata de imaginar en ese instante de tormenta cómo la sombra avanza veloz por el mundo arrastrando la infelicidad y el olvido. Ya, dice, es un ya seco y elocuente, como los besos al aire cuando el aire es metálico y fonético entre los débiles rayos de sol después de semanas de lluvia capaz de entristecer las paredes. Mucho más allá del lugar donde se encuentra, las imágenes se mutilan con férrea censura; sería aburrido que permanecieran, comentan los censores, no hay ojos que puedan soportar esas imágenes desde aquí. Ya, repite, y ahora ese ya es oscuro y complaciente. También él ha borrado todo rastro de esos cuerpos abrasados por la guerra que ya no se retransmiten. Ya, no habrá castigo para los asesinos, ya, los asesinos eran jefes de estado, miembros de Naciones Unidas, merecedores de grandes premios y honores exquisitos. Ya.
Esa palabra, ya, ha empañado el cristal y dibuja un círculo de vaho que se extiende, se extiende, y se extiende.

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