VERGAS DE PLATA

 

Los banqueros tienen la risa afilada. Es porque manejan datos que sólo ellos conocen, como demuestra el hecho de que puedan poner en jaque, y cuando les viene en gana, a cualquier gobierno que se precie de serlo.

Su burla no sólo alcanza a los seres impulsivos y necesitados sino también a aquellos que racionalmente acuden a sus locales en busca de refugio para sus tesoros.

Los cuchillos de los banqueros, especialmente de esos banqueros que determinan el valor real del dinero, son de acero inoxidable, incorruptible e inmutable ante la gravedad de las lágrimas.

Son la niña de los ojos del Sistema, por eso el Sistema vela por ellos y los protege siempre, pase lo que pase, a pesar de confesarse como auténticos asesinos. Ellos y el Sistema, son lo mismo. He visto a gente desplomarse y abandonar su cuerpo a la miseria, echados a perder por la mala fortuna, y sentir a mis espaldas la sorna acuchillada de un vulgar prestamista. Me he girado y me he enfrentado a él. Y he estado a punto de gritarle su crueldad. Pero antes de que mi voz saliera de mi boca he sido abofeteado por una mano desconocida, enorme y protectora.

La usura de los banqueros es insultante y desproporcionada. Pero nada de esto les impide actuar como siempre lo han hecho. Las leyes están de su parte, y en su oficio son auténticos sabios. Saben muy bien cómo atrapar al incauto. Ven, confía en nosotros, firma, no te pasará nada, estamos seguros de que podrás pagar lo que debes, confía, confía. Y el incauto les da la vida para obtener aquel préstamo que necesita, porque se siente seguro, porque no duda de la justicia de un Sistema pensado para cuidarle. Por esta causa, cuando la estafa se consuma y se desvela la onerosa artimaña, al incauto se le queda la cara de estúpido para el resto de su vida: Jamás podrá quitarse de la cabeza la risa de su amigo banquero. Esa risa despiadada y sublime. Como la risa de San Pedro al cerrar la puerta del cielo a los desgraciados que llegaron tarde porque Dios los retuvo en la frontera con la excusa de no llevar el pasaporte en regla.

Los banqueros, después de llorar y obtener lo que desean de aquellos organismos que los ciudadanos pacientemente sostienen, sacan su verga de plata y se pasean por las ciudades sodomizando familias enteras. No les basta con pisotearlas en el barro y quedarse con sus pertenencias. Humilladas, violadas y vejadas,  las fracasadas familias de deudores han de seguir pagando toda la vida su error de confianza, y con el culo prieto ante las amenazas.

Hoy por hoy, sin banqueros no habría premios nobles de la paz para Europa. A pesar de que su falta de disimilo haga insufribles sus verdaderas intenciones. Y a pesar de que su torpeza los haya convertido en repugnantes lombrices de cadáveres.

A los banqueros, grandes defensores de la democracia, y ante la crisis de ideas que atenaza el futuro, no se les ocurre otra cosa que prometer pomadas para las hemorroides a cambio de que tú metas en la urna la papeleta que ellos quieren.

Más tarde sabrás para qué pagas impuestos: Las vergas de plata alguien tiene que pagarlas.

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