LA FUERZA DE LA INTENCIÓN

LA FUERZA DE LA INTENCIÓN, por Julio Fernández Peláez

 

¿Una palabra qué es? Si la escuchamos detenidamente no es más que un sonido asociado a un concepto, si la observamos con atención, esta o cualquier otra palabra no es más que un ideograma, un gráfico que representa a una idea, una idea –por otra parte- que a juzgar por su aspecto y dependiendo de infinitas variables, puede llegar a ser más o menos relevante.

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Cuestionar el lenguaje como herramienta para la comprensión a favor de la sugestión -o de la vibración- forma parte del juego dadaísta que a lo largo de todo el siglo XX tanto influyó en el desarrollo de poéticas sonoras, visuales y experimentales. Pero ¿de qué han servido todos estos movimientos?, ¿acaso consiguieron transmutar conceptos firmemente establecidos? Posiblemente no, pues su existencia arranca de la percepción del mundo, mientras que este apenas se apercibe de la intención de quienes lo cuestionan.

De hecho, en la construcción de realidades, ocurre lo siguiente: ante la difusión del conjunto, los individuos reaccionan buscando lo concreto. De esta manera se explicaría el regreso en pleno siglo XXI al modelo naturalista del XIX, en el que las poéticas dominantes tratan de describir apartados de realidad, fragmentos aprehendidos, revisionados y filtrados anteriormente.

En este sentido, nuestra sociedad ha dejado de ser construida con imágenes, y vuelven a imponerse las convenciones desarrolladas sobre la lingüística visual por encima de la “instantánea”. Es el regreso a la definición, al arquetipo imaginario de lo clasificable, es la repetición de significados –más que de signos- lo que consigue, por ejemplo,  que inevitablemente la siguiente fotografía sea archivada dentro de la carpeta I (de irregulares, ilegales, inmigrantes) y no en la V (de viajeros, venida, vida).

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Reconocer que por más que se desee, esto no va a cambiar, que por más que los poetas se empeñen en alterar los significados de las imágenes-fotograma, estas acaban siendo desposeídas de todo su intrínseco valor a cambio de otro adquirido, nos puede orientar a la hora de afrontar el objetivo de nuestro quehacer. Establecer el paisaje social nos ayudará, sin duda, a orientar nuestras intenciones. Y aunque no sea necesario conocer los fundamentos en los que se basa el mercantilismo y su maquinaria de publicidad (surgida paradójicamente de la aliteración de significantes, y que usa la confusión para enfocar el producto, el objeto deseable), lo cierto es que conociendo el medio en el que nos movemos podremos redirigir nuestra mirada más fácilmente.

Como es lógico, habrá quienes sólo vean en la imagen anterior gente decidida buscando futuro. Pero todos sabemos que, al menos en Europa, esta manera de ver es minoritaria, más conociendo las estadísticas de aceptación social de los irregulares. ¿Pero qué ocurre si lográramos voltearla, verla desde el punto de partida y no de llegada?, seguramente nuestros ojos estarían menos contaminados, y podríamos ver más claro el significado original, el que se refiere al viaje, al cambio de lugar.

Valle Inclán decía «Son las palabras espejos mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo». Pero también a la inversa podríamos decir que son las imágenes captadas por nuestros ojos, espejos de realidad donde caben todas las palabras del mundo.

Provocar una intención en la mirada es crear un lenguaje, un código fuera de lo común, un estado al margen de las creencias naturales, asimiladas o impuestas.

Imaginemos que pintamos una de las pirámides de Egipto del siguiente modo:

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Claramente no es un poema que pueda contener versos lo que estamos realizando, sino objetualizando una intención. Ni siquiera se trata de realizar una acción poética, pues lo cierto es que el poema existe, está escrito. Pero a través de él estamos creando espectáculo, y a la vez estamos cuestionando el poder del espectáculo para expresar conceptos más allá de su medida “cuantificable”. Estamos intencionando.

La intención, en consecuencia, se convierte en arma lingüística y profundamente poética, por encima de la propia palabra, de la imagen, del concepto y del mismo objeto.

Posiblemente nunca me permitan pintar una pirámide tal y como aparece en la imagen pero su ideación, la constitución de una intención es en sí misma poética, tanto o más que si llegara a realizarse, pues coloca el ojo del observador en un punto deslocalizado, abstracto, fuera de la realidad, para que –por analogía- la realidad pueda ser poetizada siguiendo el mismo método.

La invención no tiene porqué devenir en situación, ni siquiera en prototipo. A diferencia de los inventores que tratan de hallar una utilidad en el desarrollo de sus propuestas, la poesía es inútil e irresolutoria, plantea cuestiones y crea artificios de sensaciones sin necesidad de materializarse, y su materialización sólo es una evidente muestra de su incapacidad para el “funcionamiento”. Podemos crear una regla de 1 metro para 100 poemas de centímetro y comercializarla en todo el mundo pero su existencia real no cambiará la medida de las cosas, sólo una manera de medirlas.

El medio virtual, Internet, ha pasado a ser un lugar de intenciones. Es gracias a su falta de materialidad como consigue tener capacidad para la utopía. Por el contrario, el grado de realidad aparente alcanzado, confunde a los navegantes dentro de un mar de posibles significantes.

La nueva generación de poetas crecidos en convivencia con el mundo virtual se enfrenta de nuevo al mismo proceso de desnudar la palabra y desnudar la imagen, con la diferencia de que la complejidad aumenta al aumentar también el laberinto de puntos de vista, las estructuras del lenguaje en la interfaz, las innumerables ventanas a través de las cuales se asoma el individuo al mundo.

En cierto modo, con el desarrollo de la red y sobre todo de sus posibilidades de conexión a tiempo real, se abren nuevas posibilidades hasta ahora inéditas o poco desarrolladas: videopoemas, acciones poéticas en directo…  no sólo constituyen una nueva manera de hacer poesía, sobre todo forman parte de un interés intencionado por parte de algunos poetas de buscar lugares de expresión fuera del monocultivo, en los que de nuevo reinventar la palabra, reinventar la imagen, desde una perspectiva de intenciones y de revalorización de las ideas como objetos convertibles, manipulables desde su inútil existencia “real”.

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